• 15/06/2026 15:08

Cuando un Pueblo Deja de Ser Escuchado: La Degradación Social y el Olvido del Suma Qamaña

May 29, 2026

“No hay peor sordo que aquel que no quiere escuchar”, decía mi madre en tiempos de antaño. Durante muchos años observé esa frase con cierta distancia, porque siempre pensé, dentro de mi inocencia, que quien tiene el oído sano inevitablemente escucha. Sin embargo, el tiempo, la vida y la experiencia me enseñaron algo distinto: escuchar no siempre significa comprender, y comprender tampoco implica actuar con humanidad.

En mis años de vida escuché relatos sobre épocas difíciles y tensiones sociales. Pero hoy pareciera que caminamos hacia divisiones humanas y momentos en los que las personas comienzan a perderse unas a otras dentro de sus propios pensamientos e intereses. Porque una cosa es oír hablar de ello, y otra muy distinta es vivirlo, sentirlo y observar cómo, en tiempos donde creemos haber madurado como sociedad, se instala lentamente frente a nuestros propios ojos una degradación social que ya no proviene solamente de factores externos, sino muchas veces de nuestros propios hermanos; de quienes comparten nuestra misma tierra, nuestras calles y nuestras necesidades, y que hoy ocupan posiciones de influencia gracias a la decisión legítima de una mayoría ciudadana.

Y quizás eso es lo más doloroso de esta época: ver cómo la indiferencia comienza a normalizarse mientras millones de personas sostienen silenciosamente el peso de sus hogares, deudas, preocupaciones y esperanzas. Hombres y mujeres que salen cada día a luchar dignamente por el pan de sus familias, intentando conservar la fe en medio de una realidad que parece desgastar el espíritu colectivo.

A veces pareciera que vivimos dentro de una vorágine donde las voces cotidianas se pierden entre discursos, explicaciones y aparentes soluciones que no alcanzan a tocar la realidad profunda de las personas. Más preocupante aún es observar cómo muchas veces ni siquiera parece importar la coherencia de las palabras pronunciadas; simplemente se dicen, aunque no logren conectar con el sentir ciudadano. Y aquello genera frustración, impotencia, angustia, tristeza, cansancio emocional, incertidumbre, decepción y una peligrosa sensación de abandono social.

Lo inquietante es que este ambiente pareciera alimentarse constantemente, como si existiera una dinámica permanente de tensión. Como cuando alguien insiste en llevar al otro al límite hasta provocar una reacción, para luego justificar aquello que antes parecía injustificable. Y aunque muchos prefieren guardar silencio, el sentir colectivo comienza lentamente a transformarse en un murmullo cada vez más evidente.

Sin embargo, más allá de cualquier diferencia o mirada política, creo profundamente que una sociedad no puede sostenerse solamente desde la confrontación, el temor o el desgaste emocional de su gente. Las naciones sobreviven históricamente cuando existe equilibrio, respeto mutuo y sentido de comunidad. Y precisamente allí es donde recuerdo los principios del Suma Qamaña, esa antigua sabiduría de nuestros pueblos originarios que nos enseña el “buen vivir”, no como acumulación material, sino como armonía entre las personas, la naturaleza y la vida misma.

El Suma Qamaña nos habla de convivir sin destruirnos, de avanzar sin pisotear al otro, de crecer sin sembrar odio ni desesperanza. Nos recuerda que ninguna sociedad puede encontrar paz verdadera cuando una minoría vive en tranquilidad mientras una mayoría carga silenciosamente con angustias y sacrificios que parecen no tener fin.

Mi abuelo decía: “Cuando el cansancio se acumula, todo comienza a cambiar”. Y quizás esa frase resume perfectamente lo que ocurre cuando el desgaste social se instala lentamente en el corazón de un pueblo. No como amenaza ni como deseo, sino como una consecuencia natural de la historia humana: cuando las personas sienten que ya no son escuchadas, inevitablemente comienzan a despertar.

Y aun así, quiero creer que todavía estamos a tiempo de reencontrarnos como sociedad. De volver a mirarnos como hermanos y no como adversarios. De comprender que el verdadero progreso no consiste únicamente en cifras, discursos o apariencias de estabilidad, sino en la capacidad de devolver dignidad, tranquilidad y esperanza a quienes sostienen día a día la vida de un país.

Porque al final, ningún modelo, estrategia o administración tendrá valor real si olvida aquello más importante: el alma de su gente.

Juan Carlos Hernández Caycho

Jiliri Mallku de la Alianza Mundial Aymara